En un mundo imaginario, había un hombre muy exitoso en su trabajo. Tenía fama de ser un buen jefe («manager») y su equipo le respetaba; decían sobre él cosas como «siempre tiene un minuto para nosotros», «su puerta siempre está abierta», «escucha nuestra opinión», …

Cada noche al llegar a casa, y como si fuera un superhéroe adoptando su personalidad secreta, se quitaba el «disfraz» de trabajo y se convertía en padre … y sus dolores de cabeza comenzaban …

«No me escuchan», «No hacen lo que les digo», «No les veo suficientemente responsables» …

«¿Por qué demonios no pueden responder como mis empleados? Todo sería más fácil! »

Preocupado, y con ganas de cambiar cosas, habló con un coach. De la conversación que tuvieron, el padre salió con preguntas: «¿Estoy escuchando a los chicos al igual que a mi equipo en el trabajo? ¿Les estoy mostrando el mismo respeto que a mis empleados y compañeros? «.

Y decidió fijarse en su propio comportamiento en casa …

Se sorprendió a sí mismo «escuchando» a los hijos mientras leía el periódico; hablando con ellos mientras miraba de reojo el último regate de Messi; diciéndoles «ahora voy» pero sin levantarse del sofá; refunfuñando cuando le querían cantar (¡otra vez!) la canción de final de curso …

Y tuvo una revelación: «¡Anda! Si tratara así a la gente de la oficina, ¡se irían todos a trabajar a otro lugar!» pensó.

Y, con el apoyo de su Coach, pasó a la acción …

– Ahora escucha de verdad a sus hijos: con las orejas y con todo el cuerpo; con el corazón e interesándose por cómo se sienten. Y ellos, agradecidos, han aprendido a escucharle a él.

– Ahora busca el momento de «cazarlos» haciendo las cosas bien para poder felicitarles … y la autoestima de los chicos se ha disparado.

– Ahora entiende que los chicos son un espejo de sí mismo, y la importancia de su propio comportamiento. Y los ve cada día un poco más responsables.

¡Ah! Y no olvida decirles cada día que les quiere …