A menudo los padres nos desesperamos porque no sabemos cómo manejar la relación con nuestros hijos. Sin darnos cuenta intentamos mantener la relación de poderes como en el pasado, cuando los hijos eran unos «mocosos», y no somos conscientes de que hay que cambiar el «Contrato» para que todo funcione.

Según cómo hayamos sido criados, de la sociedad en que hemos vivido, de nuestros valores, de las experiencias que hemos vivido y un montón de cosas más, se nos ha modelado la forma personal que tenemos de ver el mundo que nos rodea. Son las llamadas creencias, y a menudo determinan por qué nos comportamos de la manera en que lo hacemos.

Cuando nacen nuestros hijos redactamos (mentalmente) un documento. De manera inconsciente marcamos unas normas, unas cláusulas de lo que llamaremos el «Contrato con los hijos» y que será la base de nuestra relación con ellos. Este contrato muy influido por nuestras creencias, incluye temas como:

– Cómo deben obedecernos (normalmente, esperamos que nos hagan caso a la primera).

– Cómo nos mostraran su aprecio. Por ejemplo, podemos dar por sentado que las niñas serán más cariñosas con los padres (en masculino) o que los niños siempre querrán jugar con nosotros.

– La confianza que nos tendrán para explicarnos las cosas.

– La sinceridad que esperamos de ellos.

– La responsabilidad que serán capaces de asumir…

Con los niños pequeños, este contrato nos es de gran ayuda.  Para poder educarlos, nada mejor que tener las ideas claras y así poder establecer los límites que se deberán cumplir.

Pero los niños crecen, y se convierten en preadolescentes, adolescentes, y finalmente en adultos. Y a menudo, los padres seguimos viéndolos como niños/niñas pequeños. Incluso hay estudios que indican que los vemos más pequeños físicamente de lo que realmente son.

El Contracte amb els fillsAlgunas de las grandes disputas familiares que he visto están causadas por padres que quieren hacer valer el contrato original, sin plantearse que la situación puede haber cambiado desde el momento en que lo «redactamos».  Cuando los hijos crecen, tenemos que ser conscientes de que hay que revisar el Contrato a menudo.

Algunas de las cláusulas deberán cambiarse, adaptándose a las nuevas edades y perspectivas vitales. Por ejemplo, obedecer a la primera puede ser una quimera a los 14 años (o antes), y deberemos negociar la obediencia en algunos temas como el orden de la habitación. Siempre de manera razonada con los hijos.

Cláusulas que antes eran inamovibles requerirán ahora flexibilidad, y algunos límites deberán ser más elásticos. Por ejemplo, un adolescente que cuestiona el por qué de nuestras decisiones está ayudando a desarrollar plenamente su cerebro; o quizás debamos esperar a que «se calmen las aguas» para discutir un tema con los hijos, ya que es mejor no discutir en caliente.

Esas cláusulas que antes decidíamos unilateralmente los padres, ahora deberán ser discutidas, negociadas y acordadas con los hijos.

Nuestros hijos adolescentes suelen tener más madurez de la que nos muestran. Por eso recomiendo confiar en ellos y revisar el Contrato juntos en algunos apartados; al establecer ciertos nuevos derechos y obligaciones, o al cambiar ciertos límites.

El Contrato original, rígido y estricto porque es así como lo necesitan los niños pequeños, pasa a ser un documento firmado «a varias manos».

 

Puedes ver el estudio mencionado, de la Universidad de Swinburne (Australia) en: http://bit.ly/1GbDnAJ