Afirmamos aceptar a nuestros hijos como son, pero después sacamos una lista de los temas que nos gustaría que cambiaran en ellos. ¿Y si en lugar de poner el 85% de nuestra atención en sus puntos “débiles” lo pusiésemos en celebrar sus puntos fuertes?

Como Coach de Jóvenes y Familias oigo a menudo a padres y madres que no acaban de fluir con sus hijos adolescentes.
La sesión con padres suele comenzar con una alabanza sobre cuánto quieren a sus hijos y cómo aceptan su manera de ser. Y siguen con un “Pero…”; ahí empieza la queja sobre su comportamiento:
– Si son sociales, porque pierden tiempo con las redes; si no lo son, porque les gustaría que tuvieran vida social más allá de su habitación.
– Si sacan malas notas, la queja es porque se esfuerzan poco; si las sacan buenas, hay quien les quita mérito y quisiera ver más esfuerzo.
– Si no ayudan en casa, hablan de pereza; si cocinan (a veces de maravilla), se quejan porque dejan la cocina desordenada…
Afirmamos aceptar a nuestros hijos como son, pero después sacamos una lista de los temas que nos gustaría que cambiaran en ellos.
Apuntando estos temas y mostrándoselos a los padres, la reacción es inmediata: “O sea que quizás no los estamos aceptando tanto como decimos, ¿no?”. Y ahí nace la consciencia de la Exigencia que a menudo nos marca en nuestra “estilo parental” (“parenting style” en inglés).
Esta Exigencia nos limita en la forma de ver a nuestros hijos, focalizando lo que les falta y no lo que tienen de positivo. No hay lugar para Reconocimientos, ni para ayudar a construir su Autoestima: sólo para poner presión en el sistema.
¿Y si en lugar de poner el 85% de nuestra atención en sus puntos “débiles” lo pusiésemos en celebrar sus puntos fuertes?
«Hay un secreto para vivir con la persona amada: no pretender modificarla», S. De Beauvoir.